Tuvimos hambre desde el primer momento.
Nuestras manos y boca buscaban algo,
nuestras encías cosquilleaban por un bocado
y nuestro estómago hacía ruidos diminutos
acompañados de llanto.
Había mucha luz y ruido entonces;
fuimos tomados por el cuello y por la espalda,
consolados por una vos que repetía una frase de memoria:
shshshshshsh!
Entonces aprendimos a callarnos por un rato,
a esperar.
Después de tantos años
parece que nada ha cambiado
conservamos una memoria genética impecable.
Primero porque vivimos lloriqueando
pero nos callamos con cualquier discurso
memorizado para más tarde estar llorando otra vez.
Pataleamos, buscamos con las manos,
pretendemos pelear sin darnos cuenta
que nos tienen por el cuello y por la espalda,
y principalmente
porque aún tenemos hambre.
Bosco

